Alexia

PEDRITO

Brillante y especial pero muy normal…». Nació en el norte de Inglaterra. De madre sevillana y padre mallorquín, con solo 21 años Pedrito, como lo llaman en casa, podría convertirse en el primer santo británico del siglo XXI.

Todo empezó con unos fuertes dolores de espalda en las Navidades de 2014. Acababa de comenzar Ingeniería química en el Imperial College London, la mejor universidad en esta especialidad, y en sus planes estaba enrolarse en la Armada española. «De primeras no destacaba, pero cuando lo conocías te sorprendía.

Con esa mente brillante y con mucho corazón, enseguida captaba dónde estaba tu conflicto, te lo solucionaba y te abrías porque te sentías querido». Así lo describe su padre, Pedro Ballester, de 54 años y médico cirujano en Manchester.

Pero su vida cambió de rumbo. Le descubrieron un cáncer de pelvis avanzado y durante los tres años de enfermedad empezaron a producirse hechos excepcionales. A partir de ahí, decidió ponerse al servicio de algo más grande: «Para Dios, lo que haga falta, donde sea».

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De carácter extrovertido y recto a la vez, una mezcla de español y británico; deportista, aficionado a la pesca, a la naturaleza y a salir con los amigos. Sus hermanos Carlos y Javier recuerdan cómo las chicas más guapas siempre querían bailar con él en las fiestas del colegio. Una vida privilegiada y al mismo tiempo comprometida entre las nubes de Manchester y Londres y el sol de Sevilla y Mallorca.

Pedro era una persona normal, con defectos y luchas como cualquiera. A veces, el sufrimiento lo deprimía, especialmente cuando no le daba tregua durante mucho tiempo. A veces lloraba. En ocasiones se enfadaba, pero su lucha era real y excepcionalmente valiente.

Desde pequeño daba cariño sin excepciones, «trata a todos con la misma cortesía infalible, se lo merezcan o no», decía su profesora Mrs. Snelson, y atraía a niños de vida complicada. Un amigo ingresó en una orden religiosa, después de una conversación en la que le había puesto su vida patas arriba. Años más tarde se lo contaba en una carta a la madre de Pedrito. Esperanza Arenas, de 51 años y que trabaja como profesora de español en Manchester. Tiene grabadas las palabras de su hijo cuando se abrazó a él llorando en el momento en que les dieron la noticia:

«Mamá, no te preocupes porque Jesús da la cruz a sus amigos y yo ya le he dado a él mi vida con mi vocación».

Vivió y murió como fiel numerario del Opus Dei, y deseaba ayudar a otros a ser fieles a su vocación. Una vez, menos de un mes antes de morir, un grupo de jóvenes del Opus Dei acudió a visitarlo al hospital. Después de una reunión, quiso hablar con ellos individualmente. Luego, se supo que Pedro les había animado, uno a uno, a ser fieles y perseverar en su vocación.

“¿ERES FELIZ?”; ÉSTE, DIJO: “SÍ, LO SOY, ¿Y TÚ, PEDRO?”…

A uno de los más jóvenes le preguntó: “¿Eres feliz?”; éste, dijo: “Sí, lo soy, ¿y tú, Pedro?”. Tras tres años de sufrimiento, y consciente de que la muerte no estaba muy lejana, el enfermo respondió: “Sí, nunca he sido tan feliz”.

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